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La frontera como fenómeno cultural, vista desde la teoría de las relaciones internacionales y los conflictos bélicos

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Aunque existen muchas definiciones de frontera, es el límite su elemento común universal. La historia de las relaciones entre naciones y Estados también ha sido la historia de las fronteras físicas, militares, religiosas, étnicas, políticas y culturales; reales o imaginarias. Las fronteras imaginarias, representaciones del imaginario social-colectivo, se sustentan en la creencia para existir. No necesariamente son irreales; la población las percibe y asume, más allá de que no siempre tengan una representación formal y una manifestación física. Existen demasiadas fronteras y no todas han sido adjetivadas. La frontera incluso tiene una dimensión familiar.

A partir de los grandes referentes académicos sobre la historia de las relaciones internacionales, como lo son Waltz & Kreisler (2003), Tucídides & Hanink (2019), Mearsheimer (2015), Waltz (1988), Waltz (2001), Polanyi (2014) y Knutsen (2016), se puede analizar cómo las fronteras han estado histórica y constantemente sujetas a los cambios, especialmente a raíz de la guerra. Las fronteras, como fenómeno político y cultural, están vinculadas a las migraciones forzadas y la separación de familias. La redefinición de fronteras, ya sea como resultado de la guerra o una negociación entre las élites políticas que representan a los Estados, puede implicar que dos hermanos no vuelvan a verse nunca más. La caída del Muro de Berlín, en el año 1989, permitió la reconexión familiar de muchos alemanes.

Como decía el filósofo Joseph De Maistre, quien fue influencia del positivista Augusto Comte, el socialista Saint-Simon, el ateo Pierre-Joseph Proudhon y del escritor ruso Lev Tolstoi, la guerra ha sido un fenómeno constante en los anales de la historia, desde la aparición del ser humano y la configuración de las naciones, hasta nuestros días; desde el estado de barbarie hasta los más elevados y avanzados niveles de civilización; la efusión de sangre ha sido un hecho universal en la historia del género humano. Además del saqueo, la violación sexual y la limpieza étnica, han sido los cambios en las fronteras los que han caracterizado a la guerra como fenómeno cultural, político y hasta religioso. El teólogo Salas (1888, p. 13) señala que el resultado de las guerras depende del grado de pureza material y espiritual de una sociedad; es el medio que Dios tiene para corregir a los pueblos. De La Luz (2010, p. 134) dice que, durante la época de la Reconquista, las instituciones eclesiásticas, especialmente las órdenes militares, crearon fronteras religiosas en determinados lugares.

Joaquín Valhondo de la Luz (2010, p. 134) señala que la frontera nos une y nos separa al mismo tiempo; defiende al hombre de lo desconocido; lo protege de sus temores e inseguridades. Las fronteras están asociadas al racismo, la xenofobia y la intolerancia; son límites a la diversidad cultural misma; nos hacen sentir seguros de nosotros mismos al aislarnos del otro. Y en este sentido, conviene recordar que para el filósofo político Thomas Hobbes, de gran relevancia para la corriente realista en la teoría las relaciones internacionales, el miedo era una característica intrínseca del hombre. Los Estados protegen sus fronteras con soldados y murallas porque tienen miedo de sus vecinos, incluso en períodos de paz (Hobbes, 2010, p. 117). La frontera nos da seguridad ante la incertidumbre y cohesiona los lazos con aquellos que son familiares a nosotros.

Thomas Hobbes (2010, p. 132): “Los Estados suelen proteger sus fronteras con guarniciones, las ciudades con murallas, por miedo a los Estados vecinos. Incluso los ejércitos más fuertes y preparados para la batalla tienen a veces, temerosos cada uno de las fuerzas del otro y para no ser vencidos, parlamentos de paz”

Comparación de las fronteras en Europa, antes y después de la Primera Guerra Mundial (WW1).

Durante varios siglos, el nombre Germania fue usado para referirse a los pueblos de habla germánica-alemana, en la región de Los Alpes y la Europa Occidental. Aunque, en este sentido, las raíces del pueblo germano-alemán son antiguos, lo cierto es que, no fue sino hasta el siglo XIX, cuando el primer ministro prusiano Otto von Bismarck reunió a docenas de reinos, principados y ciudades libres de habla alemana, para formar, en 1871, el Imperio Alemán. Este llamado Segundo Reich, sucesor del Primer Reich (Sacro Imperio Romano, 962–1806), se convirtió rápidamente en una potencia de peso en Europa; adquirió colonias en África, Asia y el Pacífico. Después del fin de la Primera Guerra Mundial, el Segundo Reich fue desmantelado y Alemania perdió una importante extensión de su territorio.

A grandes rasgos, si se estudia la historia de las relaciones internacionales, especialmente el fenómeno de la guerra como medio para tomar el poder, no existe ni una sola entidad político-administrativa que haya permanecido intacta en los últimos 1000 años. La guerra borra las fronteras: unos ganan territorio y otros lo pierden; unos se imponen y otros sucumben al ganador. Aunque son notables los avances que se han realizado en materia de derecho internacional, son todavía comunes los conflictos territoriales, incluso en el mundo que se hace llamar libre y democrático. En la práctica, sigue siendo visible que la aplicación del derecho no es proporcional. Las grandes potencias tienen una mayor libertad para hacer lo que quieren, mientras que las pequeñas y medianas se ajustan a hacer lo que pueden; las intervenciones militares son comunes, sin que siempre estas se justifiquen en la controversial ‘responsabilidad para proteger’ (R2P). Más allá de la manifestada vocación de construir un mundo más justo, es todavía largo el camino que nos queda por recorrer; lo que no debe desanimar a los activistas por los derechos humanos, sino alentarlos en seguir trabajando por una legislación internacional robusta. Las instituciones, entendidas como las reglas del juego, son la base de la sociedad.

De manera que, el fenómeno de la frontera no debe ser únicamente analizado desde la dimensión psicológica y politológica de la seguridad, sino también desde lo identitario. La frontera define una identidad en un tiempo y espacio. La frontera permite condicionar una cultura, una religión, una economía, una lengua, y hasta una noción de familia. El Muro de Berlín no solo representó una barrera física tangible; fue un constructo sociocultural que marcó la división entre dos cosmovisiones del mundo y las interacciones del hombre en la sociedad. En la ciudad de Caracas, sin que exista formalmente un muro que divida al distrito metropolitano de Caracas en la quebrada Chacaíto, más allá de que este sea el límite de dos juridicciones distintas del entorno urbano, existe una frontera imaginaria que obstaculiza que algunos sectores de la sociedad se encuentren con el otro. Cabe destacar que, tres de sus espacios más emblemáticos emblemáticos son atravesados por la céntrica quebrada: la urbanización ‘El Bosque’, la urbanización ‘Caracas Country Club’ y final del pasaje comercial conocido como ‘bulevar de Sabana Grande’. La frontera imaginaria es el constructo sociocultural que sugiere que ambos polos del distrito metropolitano son ciudades distintas, más allá de que la frontera municipal sea real y se pueda verificar en documentos públicos oficiales.

Como señalan los investigadores colombianos Narváez, Obando, y Pérez (2014), las ciudades contemporáneas en Colombia han sufrido transformaciones en la organización territorial, donde se presenta una fuerte homogeneidad interna y una disparidad social. Existen en el país neogranadino zonas que tienen menores beneficios y oportunidades para su desarrollo, lo que explica el incremento en las tasas de marginalidad y los niveles de delincuencia. Las fronteras imaginarias suelen ser establecidas por razones de índole ideológica, socioeconómica y segregacionales. La frontera imaginaria entendida como advertencia; una manifestación simbólica del peligro, el miedo a lo desconocido y la posibilidad de ser víctima de la violencia. Leo Quintero (2013) hace énfasis en la importancia de la frontera para comprender el fenómeno de la violencia urbana en Colombia: la frontera imaginaria se asocia a la posibilidad de ser asesinado, las invasiones de la propiedad privada, el tráfico de drogas y la falta de oportunidades.

Según Miranda en Narváez, Obando, y Pérez (2014, p. 72): “Dentro de los principales imaginarios pertenecientes a los territorios de frontera, se sindica la existencia de un enemigo presente, donde el ejercicio del poder no está sujeto al mantenimiento del ideal de democracia, sino al imaginario del control social”. El proceso de diferenciación simbólica tiene en el ciudadano el fin pedagógico de visualizar quién es el bueno y quién es el malo; evidenciar las diferencias entre un modelo y el otro. La construcción del enemigo es fundamental para la reproducción histórica, cultural y moral del amigo y de su sentido peculiar del mundo, de las prácticas sociales, del conocimiento y del poder. La posibilidad de reconocer al enemigo implica la identificación de un proyecto político que genera un sentimiento de pertenencia.

El factor étnico también es una variable que incide en la fijación de fronteras, sean estas reales, semi-imaginarias o imaginarias. La situación de los kurdos en Turquía es una de las tantas que evidencian el estado de las etnias repartidas por distintos países y separadas por una frontera política; etnias en sí mismas encerradas en un territorio que no les pertenece formalmente, a pesar de que suelen ser sus más antiguos habitantes. Las fronteras étnicas no necesariamente coinciden con las reales-formales, especialmente cuando se trata de zonas fronterizas de alta tensión y conflictividad.

Entre los casos más interesantes de disputas territoriales vigentes en nuestros días, se encuentran los siguientes: el Archipiélago de Chagos, entre el Reino Unido y Mauricio; la Península de Crimea, entre la Federación de Rusia y Ucrania; los territorios de Ceuta y Melilla, entre el Reino de España y Marruecos; 370 km de la plataforma continental en el este del Golfo de México, entre México, Cuba y los Estados Unidos de América; la isla de Navaza, entre Haití y los Estados Unidos de América; la frontera en Alaska, entre Canadá y los Estados Unidos de América; el Golfo de Venezuela, entre Colombia y Venezuela; la isla de Anacoco, entre Guyana y Venezuela; el Esequibo, entre Guyana y Venezuela; el territorio de Gibraltar, entre el Reino de España y Reino Unido; la isla Bouvet, entre Noruega y Reino Unido; el territorio de Taiwán, cuyo nombre formalmente es aún República de China; y las islas Malvinas, entre Reino Unido y la Argentina. Según Conant (2014) en National Geographic, existen al menos 150 disputas territoriales hoy en día, sin descartar que el fenómeno de Crimea pueda avivar la chispa separatista en otras localidades del mundo. Los conflictos mundiales se han originando, casi sin excepción, en problemas territoriales que se generan cuando el más fuerte ocupa las tierras de los más débiles, con el fin de expandir su poder político, económico y cultural.

La lista de territorios en disputa es extensa y no debe ignorarse que estos conflictos no tienen únicamente una dimensión inter-estatal, en el marco de la sociedad internacional de Estados-Nación, sino que también se manifiestan en lo interno de estos. El Estado, que es la personalidad jurídica de la nación, está conformado por entidades político-administrativas que, en no pocos casos, tienen disputas las unas con las otras. Las élites locales que representan las distintas regiones de un determinado país pueden perseguir objetivos muy distintos. Las guerras internas y el consecuente desmembramiento del Estado-Nación, es un problema de los Estados contemporáneos. La comunidad internacional, a través de los organismos multilaterales, cuenta con herramientas para canalizar estas situaciones. Pero estas herramientas aún no son perfectas y queda mucho por hacer. Uno de los casos más interesantes para estudiar el fenómeno del separatismo son los de Abjasia en Georgia y Cataluña en España.

Mapa de los países que actualmente tienen disputas territoriales con otros. Extraído de Brilliant Maps (2015).

El lenguaje, como manifestación y representación de la realidad, es dinámico y se encuentra en constante evolución, no solo por las pretensiones y capricho de un colectivo, sino por el mismo desarrollo de la tecnología, elemento fundamental del desarrollo histórico. Así como son escasas las fronteras que no han cambiado en los últimos siglos, también lo son los términos cuya noción ha resistido el paso del tiempo. No solo las fronteras cambian con el paso del tiempo, sino la misma noción que tenemos de las cosas. El lenguaje evoluciona a medida que se desarrollan y complejizan los procesos culturales e históricos.

A diferencia del poder, el lenguaje no es conservador por naturaleza; el dinamismo es su característica inherente. No bastan las palabras para el potencial creativo del hombre. Como señala el doctor en Filosofía Danny Beusch (2008, p. 33), con base también en la obra de Foucalt, no fue sino hasta la década de los sesenta del siglo XX, que la palabra ‘gay’ adquirió la connotación de homosexual. Con el paso del tiempo, los significantes toman otros significados. Después de 500 años, son tantos los cambios que ocurren en materia lingüística y cultural, que uno necesita ubicarse en el tiempo y espacio para entender el mensaje transmitido.

Un fenómeno similar ha sucedo, históricamente, con la frontera. El lenguaje se sostiene, no solo en las estructuras cognitivas asociadas a él, sino en la tradición y la costumbre. En el caso de las fronteras, estas tienen su base en lo que presentan para la cultura de una nación, cuyo territorio es uno de esos elementos constitutivos fundamentales. Joaquín Valhondo de la Luz (2010) puntualiza que el concepto de frontera es polisémico; no existe una única dimensión y enfoque. Sin embargo, el límite suele ser el elemento común de las definiciones de este concepto. La frontera define los límites de los Estados y la noción que de ellos tenemos. Así como la evolución semántica-jurídica del término Estado ha llevado a la personificación de dicha entidad en el lenguaje — hoy se considera que el Estado es la proyección del pueblo en el plano del derecho (García de Enterría, 1992)— , los cambios que han tenido estos en sus fronteras han cambiado la percepción de la colectividad. Debido a que la guerra es constante y las fronteras cambian con regularidad, la noción de los países, las naciones y los Estados ha sido dinámica.

La cultura, en su amplia dimensión, abarca la política, la historia y hasta la misma economía. Como señalan Banet-Weiser y Castells (2017), existen valores y creencias que guían nuestro comportamiento, incluyendo la producción, intercambio y distribución de bienes y servicios. Las prácticas económicas son prácticas humanas, hechas y diseñadas por el hombre. Miguel Seguró (2018) dice: “La ciencia es cultura, la economía es cultura, la política es cultura. Vivir es, en definitiva, culturalizarse. Así que no hay mundo sin cultura, como tampoco acciones sin intención ideológica. Incluso querer prescindir de la cultura responde a una cultura”. En el marco de las ciencias sociales, esta es hoy una de las discusiones más polémicas. Los filósofos discuten, hasta qué punto, todo es parte de la cultura. La pregunta es: ¿La ciencia, la economía y la política son parte de la cultura como sistema, o estas son variables independientes en las que incide la cultura como ente externo?

Y quizá sea, desde este enfoque, desde el cual debe estudiarse el fenómeno de la frontera, como objeto de estudio en la historia de las relaciones internacionales en su complejidad. La frontera es una cuestión de carácter histórico y cultural; su dimensión trasciende los límites de la geografía. Casi todas las fronteras se han modificado, no solo con el paso del tiempo, sino con el paso y evolución de las culturas. Así como existe una cultura política y una cultura económica, existe una cultura de las fronteras, cuyo estudio y análisis es fundamental para comprender la historia de la política internacional y las relaciones entre entidades político-administrativas. Hay en la frontera una identidad cultural que se manifiesta, sea esta local, regional, nacional, o global. El deseo de los globalistas en construir un mundo sin fronteras es la manifestación de una identidad cosmopolita. Y quizá, las fronteras son tan complejas y difíciles de entender, debido a que en ella confluyen distintas identidades. Con frecuencia, en la frontera entra en conflicto la identidad local con la nacional; la política con la étnica y la religiosa. Una busca prevalecer.

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Vicente Quintero es analista cultural y político. Licenciado en Estudios Liberales de la Universidad Metropolitana de Caracas, con énfasis en la politología. También estudió, durante 1 año, Lengua y Cultura Rusa en el Instituto de Estudios Internacionales ИМОП de la Universidad Politécnica Estatal de San Petersburgo (Rusia). Cursa actualmente una maestría en Gobierno y Políticas Públicas. También cursa estudios especializados de Teología avalados por el Patriarcado de Moscú y de todas las Rusias, máximo representante institucional de la Iglesia Ortodoxa en Rusia y su eje de influencia. Aprobada la mitad de los créditos en la Licenciatura en Psicología de la Universidad Metropolitana de Caracas. Quintero ha sido intérprete-traductor y asesor político de periodistas y empresarios extranjeros en Venezuela.



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