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Una carga pesada en Lawrence





Las calles estaban cerradas así que se regresaron a pie.

De uno en uno y de dos en dos, solos y juntos, una caravana continua de residentes convertidos en refugiados recorrió el trayecto de regreso a casa a través del río Merrimack el viernes para recoger las pertenencias que pudieran cargar con sus manos.

Traían medicinas empacadas dentro de una caja negra para herramientas; útiles escolares en una caja de plástico Sterilite; ropa infantil en una bolsa de regalo que decía en letras rosas: “Sweet Baby Girl”.

Un día después de que el vecindario entero parecía que iba estallar en flamas en cualquier momento, la gente batallaba para describir la escena de pánico que se desató sin tener que invocar escenas de películas apocalípticas de Hollywood.

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Pero el viernes es lo que sucede después de que la película se acaba: los incendios se habían extinguido, pero no había ni luz ni gas. Muchos – cientos, por lo menos – habían evacuado sus casas en pánico, abandonando sus pertenencias y dejando sus vidas atrás. Ahora, excepto por las ocasionales sirenas policiales y alertas de emergencia en los celulares, el vecindario se encontraba extraordinariamente silencioso.

Sin una clara idea de cuando les iban a regresar sus casas, y con la policía bloqueando la entrada al vecindario a todos los vehículos que no fueran de emergencia, era hora de reclamar lo que pudiesen cargar: ropa, cepillos de dientes, pastillas para la presión alta. Y, después de haber vivido una experiencia tan aterradora y siniestra, el uno al otro.

“Hay mucha gente buena aquí”, dijo Ramon Sanchez, de 35 años, quien cargaba un paquete pesado en sus hombros. “Gente bien trabajadora”.

Este es el Lawrence que muchos desconocen – una comunidad que no se llega a conocer a menos que se pase tiempo aquí. Es el Lawrence que camina cuando las calles están cerradas. Un Lawrence en donde las personas se sostienen unas a otras.

“La gente tiene que venir a Lawrence para ver lo que Lawrence representa”, dijo Maria Rosario, de 32 años. El viernes, durante el éxodo que duró horas, todas esas cualidades se revelaron.

Jessica Rinaldi/Globe Staff

Una persona carga bolsas de carbón por la calle South Union mientras caminaba de regreso al Sur de Lawrence

Ramon Rojas y Joby Hilton cargaban herramientas de construcción por el puente para poder regresar a su trabajo – una sierra Sawzall, otras dos sierras eléctricas y una pistola clavadora. Leo Vieira iba pedaleando una bicicleta infantil color morado por el puente, cargando una bolsa con la medicina de su hijo para el asma y remolcando un pequeño vagón con sus dos perritos. Francisco Gomez y Andrea Rodriguez llevaban rosarios, y mochilas llenas de ropa que habían recogido de su casa en la calle Everett.

Cargando todo lo que pudo meter en una bolsa, Rodriguez sonrió y dijo: “Dios es muy bueno con nosotros”.

A Lawrence se le conoce como la Ciudad de Inmigrantes. La escena en el puente Joseph W. Casey hacía recordar las masas amontonadas de migrantes a las cuales este país acogió hace décadas. Pero la verdad es que, para muchos de nosotros, el desastre está a la vuelta de la esquina – un evento catastrófico que nos hará empacar solo lo que podamos cargar para después emprender la marcha. Una línea de gas, un huracán, un desplome del mercado bursátil: antes de que te des cuenta, ya estás acarreando tus pertenencias por la acera.

Felicia Frias regresó por su gato; Jynx, Jordany Moreno y su hermana, Carmela, volvieron para darle de comer al canario de Jordany, Rio. Agarraron sus pasaportes, tarjetas de Seguro Social y actas de nacimiento, junto con un poco de pan y ropa.

Sonia Vazquez y su madre, Estela Vazquez, llevaba bolsas llenas de suministros para cuidar a la mamá de 72 años de Estela, quien había evacuado su casa usando la poca batería que le quedaba a su silla motorizada para bajar escaleras.

Jessica Rinaldi/Globe Staff

Un perro llamado Jasper viaja dentro de un carrito junto con otras pertenencias de su dueño en el Sur de Lawrence.

Jose Melendez iba acarreando una hielera llena de carne por la calle Parker hacia el puente. Bistecs, salchichas, chorizos – los empacó con hielo y los remolcó por 10 cuadras desde la calle Farnham para que no se echaran a perder.

A Sebastian Perrera se le ocurrió otra idea. Había pasado la noche en su casa de la calle Front, pero salió a comprar carbón; si la estufa todavía no funcionaba, él iba a asar las hamburguesas que tenía en el refrigerador antes de que se echaran a perder.

En una ciudad y un vecindario en donde la comida que debe durar una semana no puede ser abandonada sin que el presupuesto familiar se vea afectado, la gente trasladó los contenidos de sus refrigeradores apagados en carritos: fruta, leche, jugo. Algunas personas cargaban tortas de cumpleaños por calles empinadas. Eran de una panadería que no tenía refrigeración y el negocio simplemente repartió su inventario.

Pero principalmente la gente cargaba ropa – en maletas rodantes y en bolsas reusables. En bolsas para basura sobre sus hombros cansados y encimadas en vagones. Bernie Rosado llevaba una maleta llena con la ropa de sus hijos de 3 y 6 años por el puente, de regreso a su carro y a la casa en Methuen donde se estaban quedando hasta que fuera hora de volver a casa.

Translated by Marcela García. Traducido por Marcela García.




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