LGBT

Ni activo, ni pasivo, sino todo lo contrario

Robert Longo, sin título, 1980

El otro día me encontré este texto del psicoterapeuta Joe Kort publicado en la edición estadounidense del HuffPost, donde reflexionó acerca de un estudio académico que analizó si un hombre gay puede determinar si otro es activo o pasivo solo por sus rasgos faciales. (Para quien desconozca la jerga, se denomina pasivo a quien en una relación de sexo anal es penetrado, y activo a quien penetra.) Como era de esperar, los que tienen rasgos más femeninos se consideraron pasivos y los más masculinos, activos.

Para los que llevamos tiempo de vida sexual y social en el mundo gay, estos prejuicios han sido apropiados, cuestionados y vueltos a apropiar. Sin embargo, lo más interesante del texto de Kort no fue su crítica al estudio (directamente), sino la contemplación de un nuevo “rol” sexual que en nuestra educación como gays hemos ignorado completamente: la de quienes no disfrutamos — a priori— la penetración en ninguna de sus formas. El autor los llama “sides”, cuya traducción literal es “de lado”; supongo quería acotar que son aquellos gays que no se adaptan al modelo activo-pasivo. Aunque el nombre es bastante cuestionable y necesitaríamos una traducción más buena onda, creo que la simple mención es ya un reconocimiento necesario y para muchos, un eco de que no somos los únicos y que podemos controlar esa presión social del: “¿qué rol?”. Cabrón: ninguno.

Estoy muy de acuerdo con muchos de los puntos de Kort por lo que los plantearé aquí a manera de traducción, aportando reflexiones desde mi subjetividad, mis experiencias y un intento de análisis un poco más amplio, que vincula la crítica a la penetración gay como una repetición de patrones hegemónicos de los modelos de afectos impuestos desde la heterosexualidad.

Wolfgang Tillmans, Chemistry Square, 1992

Por otro lado, es complicado abordar un texto así porque te expones a una vulnerabilidad poco común. Estamos muy poco acostumbrados a hablar de nuestras prácticas sexuales (y más cuando son atípicas), fuera del formato “programa de sexología” o “juego de botellita”. No se discute lo sexual porque domina la idea de que es lo más íntimo de lo íntimo, lo más privado de lo privado: “cada quien hace en su cama lo que quiere”. Y sí. Pero ese hacer en nuestras camas está atravesado por una serie de mecanismos, símbolos, adiestramientos, referencias, narrativas, que si bien no determinan nuestra acción, sí trastocan la voluntad o el camino para llegar y construir esos actos que se hacen en la cama. Y que, casi siempre, son sociales, ya sea con una pareja estable o con todo lo demás. Hablar de lo que nos gusta y no nos gusta sexualmente es un acuerdo entre quienes tienen relaciones sexuales. Sin embargo, encontrar discusiones sobre los “sides” deja muy en claro que también lo más íntimo de lo íntimo está construido con categorías aprendidas e incorporadas (literalmente) por medio de instituciones históricas y dominantes (como la heterosexualidad y el machismo). Así que, de la manera más genuina, mi intención es reflexionar el deseo también como construcción social y ser más honestos con nosotros mismos a la hora de tener sexo. (Es utopía.)

Para el autor, un “side” experimenta placer en infinidad de prácticas sexuales (de hecho las enlista; aunque el erotismo me parece tan desplegable que enlistar algo así me resulta estéril), pero no en el sexo anal. Después de haberlo probado, decidió que eso no es lo suyo. Yo diría que la experiencia de la penetración anal puede resultar placentera en muchas ocasiones, pero en muchísimas otras no tanto o casi nada. De hecho vamos optando por prescindir del sexo anal porque descubrimos que el camino para el disfrute absoluto es tortuoso. Es una práctica donde se interseccionan los roles de dominante-dominado junto con el dolor, la higiene, la incomodidad, las inseguridades con el propio cuerpo (el tamaño, la eyaculación precoz, la fuerza) y la constante duda de si lo estás haciendo bien (en cualquier lado de la posición donde te encuentres). Las discusiones y recomendaciones para mejorar el sexo anal son abundantes, hay blogs, vlogs y hasta notas periodísticas que te ayudan a conocerte y a pasártela mejor. Pero es que el camino es complicado: demasiados procedimientos (incluido el cambio o control en la dieta, ¿solo por sexo? ¿En serio?), demasiados requerimientos y concentraciones para que llegue “ese” momento. Carajo, yo solo quiero explotar mi calentura y mi morbo y pasármela lo mejor que pueda sin un performance previo, casi un requisito laboral. Aún así, para quienes lo hemos experimentado, sabemos que puede ser un placer indiscutible. El problema es su absoluta dominación: no hay nada más que eso, o es el fin último, lo que se debe lograr. Sin penetración, no hay sexo. Ah, caray, ¿por?

Esta es la segunda idea que plantea Kort en su texto: cuestionar por qué muchas personas piensan que no hay sexo “real” sin penetración. Muchos “sides” (en serio detesto el nombre) tenemos que negociar todo el tiempo con esta idea. Tenemos que buscar estrategias para evitarlo (y muchas veces terminamos cediendo), porque paradójicamente, la presión social, en ese momento de absoluta intimidad, es tremenda. Acabas por convertirte en un aguafiestas que invitó a escalar pero no llega a la cima de la montaña. Hay que lidiar con una especie de vergüenza por no “concluir”, que muchas veces es tal que acaba por desconsiderar todo lo demás: desde el proceso previo hasta el momento mismo en que dices que “no” pero ahí siguen, esperando que el asunto suceda. La preferencia es tan poco común o es tal la hegemonía de la penetración, que me costó mucho trabajo dar con algunas otras crónicas o reflexiones que abordaran el tema (en este artículo del medio mexicano Homosensual, por ejemplo, dice “Participa, ¡no todo es penetración!”. Me emocioné pensando que invitaba a explotar otras prácticas sexuales y, no, solo invitaba a disfrutar también el proceso previo al acto. Qué cosas).

El gran problema (¿social?) de magnificar la penetración es, como menciona Kort, que se alimenta en cada relación sexual al heteropatriarcado. Recuerda cómo infinidad de veces se suele decir que las lesbianas no tienen sexo porque no hay un maldito pene que se introduzca en algún lado. Esto es una completa tontería y hasta alcanzo a ver una postura conservadora ante el sexo: si jerarquizamos las prácticas sexuales y ponemos a la penetración como el máximo punto a alcanzar, abonamos a creer que solo el sexo para la concepción es el válido. Esa idea que ronda en nuestras cabezas de que solo cuando se inserta el pene se completa la función corporal-natural de la genitalidad y la sexualidad. ¿Por qué? ¿Solo para eso nos alcanza nuestra cabeza sexuada, nuestra capacidad de fantasear, nuestros cuerpo en su totalidad sensible?

Una de mis escenas favoritas de una de mis películas favoritas. La Vie d’Adèle, Kechiche, 2013. La escena solo se puede consultar en un sitio porno. Tanto qué decir al respecto.

“¿Cómo tienen sexo las lesbianas?” Es una pregunta que le he escuchado más a hombres gays que a heterosexuales. Parece que nuestra masculinidad y su manejo depende de cómo nos penetramos, de qué placer le damos al pene y solo incorporamos la feminidad a través del recto. Somos hombres porque sabemos hacer cosas con el pene y nada más. Esta postura sin duda se explica porque si de por sí la educación sexual en América Latina (o en México) es nula y mojigata, para los gays se nos complica el doble. Aprendemos a tener sexo enfrente de la computadora en sitios web de pornografía gratuita donde tres cuartas partes del video consiste en penetraciones aburridas y casi mecánicas. Nuestra repetición de estos parámetros pasa sin ser cuestionada, nuestra mayor reflexión se reduce a decidir si somos activos o pasivos (leo que cada vez hay una mayor apuesta por ser “inter”, pero se sigue priorizando la penetración). Esa decisión, además, muchas veces traspasó los límites de la cama y se convirtió en actitudes afectivas que legitimaba roles y dominaciones; o, en otras ocasiones, impidió un desarrollo orgánico de los afectos por la “incompatibilidad” de roles sexuales. ¿En serio le vamos a hacer más caso a nuestro pene o a nuestra próstata que a nuestra cabeza y nuestros afectos? Qué simples y poco creativos.

Estaría bonito que los gays nos cuestionáramos nuestra intocable admiración por la penetración. Ver qué más nos gusta además de eso. Y, también, ser menos tajantes cuando te encuentres con alguien que no quiere. Es más placentero que te pregunten si quieres; y, si no, continuar como si nada (o hasta mejor), que terminar rompiendo el encanto solo porque no se cumple la premisa del “sexo de verdad”. Hablar y encontrar puntos de encuentro puede ser, también, el mejor orgasmo de tu vida.




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